Tegucigalpa, 8 de marzo. 

El presidente Juan Orlando Hernández asistió hoy a las honras fúnebres de los dos policías Tigres que fueron abatidos ayer por la banda criminal de “Mito Padilla” en el municipio de Guayape (Olancho).

Allan José Salazar Martínez y Hersy Arelio Martínez Rodríguez, miembros de la Tropa de Inteligencia y Grupos de Respuesta Especial de Seguridad (Tigres), fueron velados en las instalaciones de la Unidad Cobras de la Policía Nacional en Tegucigalpa.

En los actos fúnebres participaron junto al presidente Hernández el ministro de Seguridad, Julián Pacheco, y miembros de la Policía Nacional.

Los restos de los policías caídos en el cumplimiento del deber serán llevados posteriormente a sus lugares de origen para su cristiana sepultura, Salazar Martínez en Ojojona (Francisco Morazán) y Martínez Rodríguez en Namasigüe (Choluteca).

Enaltecer a los héroes

“Lamentablemente dos familias perdieron a sus hijos en esta lucha por la seguridad y tenemos que enaltecer siempre a nuestros héroes”, destacó el mandatario en su discurso al momento de lanzar la Campaña de Verano 2019: Honduras Más que un Destino, en las Ruinas de Copán.

“Ellos (los policías) luchan sin conocernos y ustedes saben que ese es un importante aporte que hacen entregando sus vidas por la seguridad de la nación”, resaltó.

“Este es un esfuerzo que no debemos de dejar de hacerlo”, remarcó Hernández.

Golpe al crimen

En el enfrentamiento con la Fuerza Tigres murió el cabecilla de la banda, Pedro Ojayme Ocampo Padilla “Mito Padilla”, quien sembraba el terror en varios municipios de Olancho y durante muchos años les robó la paz y la tranquilidad a los habitantes de la zona.

Ocampo Padilla tenía en su haber dos órdenes de captura por el delito de asesinato y asociación ilícita.

Se tienen registros de que esta banda operaba desde 2008, atemorizando a la población por medio de la violencia y el uso de armas de fuego.

Por temor a perder su vida, la gente no denunciaba a esta agrupación, a la que se le acreditan más de 26 homicidios.

Los restantes miembros de la sanguinaria banda se mantienen refugiados en la montaña La Cumbre, donde los persiguen las fuerzas de seguridad.